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En una ocasión, Santa Gertrudis tuvo una visión. Le pareció ver el corazón abierto de Cristo como un panal que destilaba miel abundante. Y a los pies del corazón de Jesús se abría misterioso un tenebroso pozo profundo. Poco a poco el pozo comenzó a llenarse de miel y, cuando estaba rebosante, la mano de Cristo lo bendijo, como si se tratara de una pila bautismal, invitando a Gertrudis a sumergirse en él. El pozo era el corazón de Gertrudis, oscuro por la contemplación de la propia debilidad y miseria, pero inundado de la suave dulzura del Espíritu Santo. Era también la Iglesia, en la que el alma de los cristianos encuentra sus delicias, sumergiéndose en su misterio a través de las aguas bautismales. Era también el claustro, pila bautismal a la que vuelven una y otra vez los monjes por la compunción y las lágrimas. Pues bien, también nuestra montaña santa no sería sino un pozo tenebroso si la dulzura del Espíritu de Dios que brota del corazón abierto de Cristo no se derramara en él, desbordándola con su gracia y transformándola en escuela del divino servicio. Con toda verdad un Maestro dice: «Hijo, si quieres ser como los ángeles, enseguida podrás conseguirlo. ¿Cómo? Ellos viven continuamente en el servicio». Pues bien, un monasterio debe instituirse, como enseña San Benito, como escuela de un servicio que nos asemeja a los ángeles. Con razón un Maestro proclama: «¡Sal de ti y entrará Dios! ¡Muere a ti mismo y Dios vivirá en ti! ¡No seas y él será! ¡Nada hagas y se cumplirá el mandamiento!» Esta página quiere ser una puerta al claustro, a la escuela del divino servicio, una entrada al corazón de nuestra Iglesia monacal. Bienvenidos, amigos y amigas.

R.P. Evagrio López Álvarez OSB

 

 

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