Monasterio Benedictinos Cuernavaca

IV Domingo de Pascua - 2022

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IV Domingo de Pascua - 2022

08 de Mayo del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Jn 10, 27-30

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno”.

 

 

Homilía:

 

Juan 10,27-30’22 (Icono del Buen Pastor)

Jesús recurre a la imagen del Pastor Bueno y Hermoso e introduce un elemento nuevo: «pastor es el que da la vida por sus ovejas». Es el marco distintivo del Pastor Hermoso del rebaño que somos nosotros, sus ovejas. Hace dos días su comunidad monástica contemplaba el icono de Jesús, el Pastor Hermoso. Somos monjes benedictinos, y pensamos en el día no tan lejos, en los próximos pocos años, en que habría la elección de nuestro padre Abad, el buen Pastor en la tradición benedictina. Hoy, el domingo del Buen Pastor, contemplando este icono, resalto algunos detalles para alimentarnos en nuestra fe cristiana y en nuestra Pascua.

Me fijo en el rostro del Pastor Hermoso, lleno, bello, con sus ojos que te comtemplan, que miran hacia nosotros, a ti y a mí. Tu estás incluído en el misterio que desvela el icono.

Las manos del Pastor Hermoso sostienen, abrazan y cubren las patitas de la oveja. Las manos son firmes, fuertes; las patitas de la oveja pequeñitas, dañadas por los caminos escabrosos de la vida. Fíjense bien, las manos agujereadas por los clavos de la cruz, Cristo, el Cordero de Dios sufriente, ahora resucitado. Jesús, al mismo tiempo, es el Pastor Hermoso, y es el Cordero de Dios, sacrificado por nuestra salvation. Las manos del Buen Pastor, representan las manos amorosas del Padre, que como expresión de su excelente amor nos regala al Pastor Hermoso, el Cordero perfecto de Dios ofrecido por nuestra salvación. Jesús dijo: «El Padre y yo somos uno».

Lo luminoso del icono es el aureola dorada que rodea el rostro divino, pero ¡ojo!, hay una segunda aureola, la forma blanca de la oveja descansando sobre los hombros del Pastor Hermoso, oveja-aureola que rodea y enmarca su pecho, su corazón, el amor eterno que nos tiene. Jesús es el Hermoso Pastor, nosotros somos la oveja, abrazados por el amor del Pastor Hermoso cuya sangre nos rescata de nuestros desvíos y desamores; somos oveja débil, desamparada; Cristo, Cordero Hermoso de Dios que quita el pecado del mundo, nos busca, nos encuentra y nos devuelve al rebaño; se identifica perfectamente con nosotros.

Los detalles del icono merecen la contemplaciñon: la cruz y el cayado o báculo = su guía, su sacrificio y su cuidado; el color rojo de la tíunica: es su sangre, y también es el Espíritu Santo que lo cubre, lo viste para su obra de amor infinito de salvarnos; su manto de color verde es la tierra, nuestra naturaleza humana en su primavera. El divino Hijo se vistió de nuestro humus, nuestra humanidad, para salvarnos, rescatarnos de lo irreprimible de la carne –la enfermedad, la debilidad, el sexo, la vejez–. Y la banda de oro sobre su hombro derecho, es la divinidad, que se une con la humanidad  –es un Pastor Hermoso, con dos naturalezas, divina y humana–.

La mirada de Jesús se fija al quien contempla el icono; se fija en ti y en mí; te ama, está pendiente a ayudarte, a levantarte cuando te caes, encontrarte cuando te pierdes. Finalmente, me llama la atencion el ojo de la ovejita; ¡fíjense bien! Su ojito está abierta, y te está mirando, como si te llama y te dice: «Mírame, fíjate en mí. Aquí sobre los hombros del Pastor Hermoso estás tú; tu y yo somos la misma persona, la misma oveja, cansada, a veces perdida, pero encontrada y llevada sobre los hombres del Pastor Bueno y Hermoso, quien nos redime con su amor».

R.P. Konrad Schaefer OSB

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